Desde el afuera

Uno de esos días de encierro, donde ninguna persona andaba por la calle, afuera se dieron charlas que habían esperado por mucho tiempo.

– Tcht, hey ¿Estás ahí? –le dijo el mar a la montaña.

Con voz muy grave, que cayó como un trueno desde lo alto, la montaña respondió que sí.

– ¿Menos mal que se fueron verdad? –dijo el mar.

– La verdad que me tienen cansada, respondió la montaña. Desde acá los veía cómo ensuciaban, cómo se peleaban entre ellos. Hasta acá me llegaban esas nubes negras que salían de sus vehículos, de sus fábricas. ¡Qué insoportables! –sostuvo la montaña.

-Y acá las que se mandaron ni te cuento –señaló el mar y prosiguió– me mata tener que recibir todas esas botellas de porquería que demoran siglos en desaparecer. Otra cosa, cuando vienen, y medio haciéndose los distraídos se hacen pis, vaya y pase, pero cuando pasan los barcos y me manchan con ese líquido negro horrible, ahí se pasan –señaló el mar embravecido.

– Perdón que me meta –acotó el viento– hace tiempo vengo arrastrando algo y lo comparto con ustedes. Yo me dedicó al aire, les mueve a los humanos las velas de los barcos, los ayudo a fabricar energía, y siempre hablamos lo mismo con mis socios los árboles, que producen el oxígeno para los humanos. ¡No se entiende que si estos dependen del aire para vivir, lo contaminan tanto! ¡A ellos no les entra en la copa! Para colmo, además se la agarran con los propios árboles y los quitan de su tierra para construir unas ciudades grises, feas, aburridas! ¡Ahora que no están, el aire se ha vuelto más puro, los bosques más verdes!

La conversación entre el mar, la montaña y el viento subía de volumen, y algunos que pasaban por allí, naturalmente se unieron para descargar su fastidio con los humanos.

Un pez que andaba por ahí aportó:

– A nosotros nos engañan con falsos artilugios y nos llevan fuera del agua.

– Un pájaro dijo, a mí nunca me pasó, pero sé que en algunas partes nos meten en jaulas, solo para vernos y escucharnos cantar, privándonos de nuestra libertad.

El mal humor con los humanos crecía y crecía. Estamos mejor sin ellos, exclamaban.

Hasta que el mar hizo una salvedad:

– Aclaro, no son todos así. Algunos se salvan. Por ejemplo el otro día vino un grupo de chicos a limpiar una de mis playas y recogieron una por una todas las botellas que estaban tiradas.

– Sí, puede ser, dijo la montaña. Sé de algunos que van en bici a trabajar para no usar autos y así evitar el calentamiento global.

El pajaró les cantó:

– Tengo un primo que es pingüino y cuando él y su familia se mancharon con ese líquido negro espantoso, llegaron unos humanos y los bañaron y los cuidaron hasta que estuvieron sanos.

El viento sumó que una vez, los árboles le contaron que unos humanos muy jóvenes se habían amarrado a ellos para evitar que otros hombres con siniestras intenciones, cortaran sus troncos.

Poco a poco fueron agregando más ejemplos de sanas conductas de los humanos y el mar encontró un denominador común:

– No todo está perdido chicos, creo que lo que pasa es que las nuevas generaciones de humanos, son diferentes, a ellos sí les importamos

– ¡Es cierto! –señalaron los demás.

– ¡Hay esperanza! –se dijeron entre todos.

– ¿Y si les damos otra oportunidad cuando salgan de sus casas? –propuso el viento.

Todos estuvieron de acuerdo en que una vez que estuvieran los humanos afuera, darles una segunda chance, sobre todo a los niños y a los jóvenes.

– ¿Habrán aprendido la lección que les enviamos? –preguntaba la montaña cuando el viento le sopló…

– Shhh… silencio que ahí vienen…

De: Martín Luzardo. Dedicado a: Facundo y Mariana.

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