La corona del señor Virus

Había una vez, un señor llamado Virus que soñaba con ser el virus más importante de todos. Quería que todo el mundo hablara de él, salir en la tele y aparecer en los teléfonos.

Pero cómo podía diferenciarse, si había muchos que se llamaban igual que él. Y así Virus se puso a pensar y a preguntarse. ¿Debía cambiarse el nombre? ¿Debía vestirse de pirata? ¿De feroz dinosaurio? ¿O de astronauta?

El señor Virus daba vueltas pensando y al no encontrar la solución se enojaba, haciendo berrinches. Ya no sabía qué hacer para convertirse en el rey de todos los virus del mundo. 

Y en ese preciso instante, apenas se escuchó a sí mismo decir “Rey”, gritó bien fuerte: ¡Por supuesto! ¡Un rey! Esa palabra le dio la idea que tanto estaba buscando. Si quería ser el virus más importante de todos, tenía que tener eso que tienen todos los reyes, ¡una corona! Así fue cómo construyó una corona y comenzó a viajar muy orgulloso por el mundo haciéndose llamar: Coronavirus. 

Desde que tuvo la corona sobre su cabeza, el señor Virus que ya era muy orgulloso, se volvió muy malvado. Muy pronto, todos lo conocieron y a todo aquel que no le prestaba atención, le daba tos y fiebre. Así fue como muchos empezaron a tenerle miedo. El señor Coronavirus empezó a salir en la tele y a ver su cara en los teléfonos. Estaba muy contento porque lo había logrado. Se había convertido en el virus más importante del mundo.

Pero un día, el señor Virus empezó a ver que las personas ya no estaban en la calle. Empezó a ver las plazas vacías y los parques desiertos. Llegaba a un lugar y decía: “Aquí estoy, ya llegó el Rey”. Pero no había nadie. Así que de a poco, empezó a aburrirse y a cansarse de andar y andar por un mundo sin nadie a quién asustar. 

La misma gente que al principio le había tenido miedo, se había organizado para quitarle lo que más le importaba al señor Virus, la atención que tanto quería tener. Poco a poco, su cara dejó de aparecer en la tele y en los teléfonos. Ahora solo había tiempo para mostrar a los médicos y a todos los héroes de mascarilla que, poco a poco y con mucho esfuerzo, le habían quitado su corona.

De: Rodrigo Costas. Dedicado a: Alfonso.

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