La leyenda de «El Coronabicho»

Como me lo contaron, lo cuento.

A inicios del siglo XXI, por allá de los años veinte, se rumoraba que los clásicos personajes de leyenda, que aterraban a la población en sus distintas formas, ya no eran los únicos. Ahora también, adicional a El Sombrerón, a La Tatuana, La Llorona, El Cadejo o La Siguanaba; llegaba un singular personaje que tenía el poder de poseer a las personas. Como una especie de maldición. Casi siempre, se aparecía cuando se juntaban dos o más personas.

Las apariciones de este microbio maligno, comenzó a esparcirse a lo largo y ancho del país. Era como un espíritu chocarrero que migró de un animal, viajando a través del aire adoptando la forma de virus.

Cuando descubrieron que su forma de multiplicarse era cuando más gente se aglomeraba, empezaron a prohibir las reuniones, los conciertos, los bares, los restaurantes, los parques de diversiones, las piñatas y cumpleaños, los partidos de futbol y cualquier deporte que se practique en estadios o gimnasios. Obligaron a todos a encerrarse, a protegerse, a guardarse.

Este ser, casi invisible, no enamoraba a las adolescentes con su guitarrita, o lloraba por las noches clamando por sus hijos perdidos. Tampoco era un ser que se le apareciera solo a los borrachos para cuidarlos, ¡no! Este ser nos quería a todos. Especialmente a los abuelitos. Pero no nos quería con amor, sino que ¡nos quería sin oxígeno! No respetaba fueras hombre o mujer, rico o pobre, de cualquier nacionalidad o raza; ¡todos eran sus favoritos!

Aunque no se le puede ver a simple vista, se volvió el rey de todos males porque tenía la capacidad de dejarnos sin respirar y por eso le apodaron “El Coronabicho”.

Cuando “El Coronabicho” acechaba a las personas, empezaba por inundarlos de fiebre, cansancio y casi al instante, una tos seca. Tan seca como si te ahogaras con una cucharada de harina. Cuando lograba poseer a las personas, esta especie de virus invadía su cuerpo y sangre. Los asfixiaba cortándoles la respiración. Por eso se volvió el más peligroso de todos.

Por miedo a “El Coronabicho”, las personas empezaron a comunicarse de diferentes maneras. Usaban la tecnología como primer aliado para lograr hacer lo que antes se hacía con más libertad. Reuniones con videollamadas, selfies para la familia, videos para los amigos, en la tablet conciertos en línea de tus artistas favoritos, compras a domicilio por celular usando aplicaciones y más. Era increíble como este “Coronabicho” nos vino a cambiar, no solo a Guatemala, sino a el mundo entero.

Parecía que jamás encontraríamos solución contra “El Coronabicho”. Hasta que se descubrió que haciendo tres cosas, “El Coronabicho” termina por desaparecer: una es que nos lavemos las manos con jabón; la segunda, que nos cuidemos en familia quedándonos en la casa y la tercera, es que si necesitábamos salir, usáramos mascarilla. Porque “El Coronabicho” vive en la calle, en las plazas, en los estadios, en los conciertos, en las fábricas, en los salones, ¡en el aire!, pero no en los hogares. Si nos lavamos las manos con jabón y tratamos de no salir, “El Coronabicho” no va a desaparecer, pero al menos, no seguirá robándoles el oxígeno a más personas.

De: Jorge Pérez (elBrother). Dedicado a: mi sobrino/a que nace en octubre.

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