La victoria de Candela

En un rincón oscuro, pero muy cómodo, vivía una pequeña velita llamada Candela. Alguien le dijo alguna vez que su vestido era de color blanco y que su cabeza estaba adornada con una bella mechita. Pero a ella poco le importaba su aspecto, ¡ni siquiera sabía lo que era un espejo!

Candela pasaba las horas, días y semanas en aquel lugarcito, disfrutando de la tranquilidad, pero sin saber muy bien qué quería ser cuando fuera más grande. En el reino de Candela había también –entre los más cercanos- un grupo de 40 libros muy ruidosos, amantes de las aventuras, de todas las edades y tamaños.

Un poco más alejadas del hogar de la velita estaban las tres tazas, una de ellas hasta acariciada por una risueña telaraña. Y también, en la parte más divertida de aquel lugar, un coqueto reloj que había llegado hace poquito desde un sitio muy, pero muy lejano.

Un día, la tranquilidad del reino de Candela se vio interrumpida bruscamente al momento en que alguien abrió las puertas.

-¿Dónde dices? – preguntaba una voz dulce muy distinta a las demás -como proveniente de otro reino- y que se escuchaba bien a lo lejos mientras comenzaba una especie de búsqueda del tesoro.

-¡Alguien se habrá acordado de mí!- dijo entre suspiros uno de los libros que vivía cerca de la pequeña Candela y que se caracterizaba por estar bastante arrugado, tener tapas de cuero bien duras, pero hojas finitas y amarillentas.

-Shhh… ¡Cállate!- gritó desde el otro lado una de las tazas, la más brillante, de color celeste y con motivos plateados- que vivía también en aquel reino.

-Seguro alguien quiere tomar un chocolate bien caliente y viene por mí. ¡Ya lo verán!- siguió.

-¡No, no!, esperen, ¡todos perdieron! No hay ninguna duda. Soy el más nuevo, el más elegante y ya me están extrañando ¡Y seguro están viniendo por mí!- dijo con mucha confianza -acompañada de una amplia sonrisa- aquel reloj dorado y luminoso recién llegado a aquel reino.

Mientras esto sucedía, Candela solamente se dedicaba a escuchar y no se animó a elevar de ninguna manera la voz. Es que la pequeña Candela era un poco tímida, prefería pasar desapercibida, escondidita en su rincón (hasta alguno se animó a decir que a Candela le gustaba más pasar la noche en vela imaginando y solo imaginando).

-¡LA ENCONTRÉ… AQUÍ ESTÁ!- Aquel grito –proveniente de aquella extraña y amena voz inicial- retumbó en todo el reino. Candela ya no se podía esconder.

-Candela ganó… ¿quién lo hubiera imaginado?- se escuchaba de fondo –y con una voz muy serena- mientras se cerraban las puertas del reino. El que se atrevió a pronunciar aquellas palabras era el libro más sabio de todos, el mismo rey. Él sabía muy bien que lo que le estaba pasando a la pequeña velita significaba una verdadera victoria.

Pero el viaje de Candela recién empezaba. Poco a poco se animó a abrir los ojos y cuando lo hizo se dio cuenta que el nuevo reino en el que se encontraba –y al que había llegado gracias a aquella tierna voz- ahora también era oscuro, algo que le dio cierta tranquilidad.

Inmediatamente, al dar vuelta su cabeza vio a lo lejos una vela mucho más grande que ella, muy decorada y con la mecha en su cabeza que había sido encendida con algo que se llamaba fuego.

Candela no entendía nada. Al girar otra vez su cabeza se dio cuenta que poco a poco todo se iluminaba, inclusive ella, pues en determinado momento sintió algo que nunca podrá explicar.

Es ahí donde Candela descubrió que su bella mechita también empezaba a generar una armoniosa luz alrededor. Hasta empezó a distinguir rápidamente a los extraños habitantes de aquel nuevo reino, así como a otras dos velitas que se parecían mucho, también vestidas de blanco y sonriendo.

-Brillará, brillará, sin cesar- recitaba entre melodías una niña llamada María, la más chica del nuevo reino, mientras sostenía cariñosamente entre sus manos a Candela. De fondo, mientras los otros dos habitantes –tiempo después Candela supo que la niña María les decía papá y mamá- seguían los cantos, el colorido y la alegría.

-¿Acaso no te has dado cuenta lo que ha sucedido?- le dijo a Candela -cuando todo terminó- otra de las pequeñas velitas que había permanecido en las manos del papá . Candela, que aún seguía asombrada, dijo que no, pero demostraba con su carita querer saber más.

Y la otra velita le empezó a decir:

-A los habitantes de este reino, que se los conoce por el nombre de familia, les han robado algo que se llama esperanza y alegría. Desde hace muchos días solamente hablan de un tal señor virus y que parece tener una corona. Pero ese señor lo único que ha traído a éste y otros reinos parecidos es tristeza. Ha hecho que los niños no puedan ir a sitios que se llaman escuelas, así como visitar a otros habitantes muy queridos que se los conoce como abuelitos. Pero hoy todo cambió. Hoy tú, junto a nosotras, y a esa gran luz que viene del señor más grande que has visto cuando llegaste aquí – escuché que le llaman cirio- hemos iluminado sus rostros. Esta familia ha vuelto a sonreír y cantar hoy en su propia casa. Ellos están convencidos que la fuerza de aquel señor virus con corona podría seguir generando tristeza, pero también creen que su fuerza, que solo trae oscuridad, ya fue vencida por alguien que ellos suelen seguir como su rey.

Candela abrió aún más los ojos, mientras también empezaba a sonreír ampliamente. Y ahora, lo único que deseaba era salir corriendo para darle la buena noticia a su antiguo rey, a los otros libros sabios, las simpáticas tazas y también al coqueto reloj.

Mientras tanto, afuera seguía el silencio y la oscuridad. El señor virus con corona seguía siendo el más mencionado. Pero la sola presencia de Candela, con su mejor ropa (¡ahora se sentía muy orgullosa de su vestido de color blanco!) y su mechita bien iluminada, había ayudado a cambiar los ánimos del reino que recién empezaba a conocer.

Todo era luz en el ambiente, a pesar de la tristeza que aún abundaba entre muchos otros habitantes de otros reinos que vivían más lejos de aquel lugar. Pero Candela se sentía feliz y triunfante, ya empezaba a entenderlo todo, lo suyo no era la comodidad. Ya sabía qué quería ser cuando fuera más grande: seguir siendo motivo de esperanza para los demás.

De: Pablo Cesio. Dedicado a: María Victoria y Candelaria.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *