Las excusas de Rómulo

Hace mucho, mucho tiempo, en un pueblito muy lejano vivía Rómulo, el que siempre estaba muy ocupado. Tan ocupado, que cuando veía en la calle a sus amigos, le decía cosas como: 

“Tenemos que juntarnos a hacer un asado”.

Pero nunca se juntaban. Otras veces, decía cosas como: 

“Un día tenemos que juntarnos a tomar un café”

Pero eran solo excusas. 

Rómulo vivía ocupado en su trabajo. Corriendo de arriba para abajo. Con el tiempo, sus amigos dejaron de intentarlo. Rómulo siempre les ponía las excusas más insólitas.

Como el día que un pájaro le había quitado las llaves del auto o cuando les dijo que un lobo se había dormido en la puerta de su casa y que le daba miedo salir.

En realidad, lo que Rómulo no admitía, era que el tiempo que tenía, era solo para su tareas y pendientes. 

Hasta que un día, algo frenó esos días con tantas ocupaciones. Había llegado al pueblo un virus muy malvado y la única cosa que podía frenarlo, era evitando que la gente saliera a la calle y se contagiaran los unos a los otros.

Rómulo estaba desesperado. No podía ir a trabajar. Y todavía no existían las computadoras para trabajar desde casa. 

Los primeros días encerrado lo pasó fatal. Caminaba de allí para acá, pensando qué hacer. Lloraba por las noches, pensando en todo el trabajo que había y en el tiempo que se perdía. Pero de pronto, una tarde sonó el teléfono. Era su amigo Alberto, que tenía 3 promesas de asados y 20 cafés pendientes, pero no llamó para reclamarle nada. Solo lo llamó para ver si estaba bien, si necesitaba algo y si quería charlar un poco. Rómulo no entendía para qué servía hablar de cualquier cosa que no fuera el trabajo. Su amigo disfrutaba hablando por hablar y eso parecía ser suficiente. Luego llamó Raquel que quería charlar con él y Rómulo empezó a entender. 

De a poco fue teniendo tiempo para recuperar las amistades. Fue dándose cuenta que el trabajo no era lo único importante. También importaban los amigos, que en esos días tan difíciles, estaban a su lado, alejando la soledad y recuperando el tiempo para reírse juntos otra vez. 

De: Martín De Angelis. Dedicado a: Alfonso y Salvador.

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