Nakato y el dragón

En la antigua Asia vivía Nakato, un hombre que desde siempre había vivido en soledad. Con seguridad llegó tarde a la repartición de dones y no obtuvo ni una pizca de empatía. Por más que lo intentaba, la gente lo ignoraba. No conocía lo que era la amistad, pero sabía que los amigos se hacían sonreír entre sí, y él quería sonreír con ellos al menos una vez en su vida. Las charlas más largas que había tenido eran algo como:

– Hola

– Adiós

Su vida era aburrida, hasta que un día Nakato escuchó una historia: en las montaña de Wuhan, las Puertas del Cielo, dormía un dragón que te cumplía un deseo, pero cada deseo llevaba consigo una maldición. Él nunca había tenido a alguien cercano, y sus padres hacia años que habían dado su último respiro. “No tengo nada ni a nadie a quién perder” se dijo, y sin pensárselo dos veces emprendió su viaje.

Hizo una maleta llena de bolas de arroz, té y un poncho para calentarse durante el viaje. Y así empezó a subir, solo, como siempre. Los primeros 2 mil metros no fueron nada del otro mundo, a esa altitud incluso vivía gente. Los 3 mil y 4 mil metros eran reino de cabras y otros animales que estaban acostumbrados al viento y las pendientes. A los 5 mil metros empezó a dudar de su capacidad, pero continuó. Pasando los 6 mil metros pensó que incluso si existiera un dragón, sería imposible que viviera con ese frío extremo, pero ignoró ese pensamiento y siguió.

Rozando los 7 mil metros, y ya en agonía, Nakato encontró una cueva, quizá el hogar del dragón pensó. Entró sigilosamente, no había dado ni tres pasos dentro cuando una voz aspera y tenebrosa le detuvo:

– Hola, soy Shen Long y sé a qué has venido pequeño humano –se escuchó.

Nakato giró la cabeza hacia el cielo y no podía creerlo, frente a él había un dragón gigantesco que hablaba. Sus escamas eran plateadas, sus bigotes bailaban con la ventisca y en su pecho podía verse la fuente de su calor, su fuego. Lleno de miedo pero armado de valor, le dijo:

– Pues bueno Shen Long, soy Nakato y si sabes a qué he venido, seguro también conoces mi deseo. Estoy dispuesto a llevarme cualquier maldición a cambio de empatía.

– Tú crees que no tienes a nadie ni nada que perder, pero estás equivocado Nakato. Ya lo verás –le dijo Shen Long.

Terminando de pronunciar sus palabras, el dragón sopló fuego sobre Nakato, un fuego tan extraño que no quemaba.

– Listo. De ahora en adelante serás la persona más empática sobre la faz de La Tierra. Pero recuerda, con cada deseo, viene una maldición, y con cada maldición vienen desgracias. 

Nakato, sin siquiera dar las gracias, tomó su maleta e inició su descenso. Al llegar a los 2,000 metros, por primera vez en su vida escuchó un “Feliz día señor”, palabras de un aldeano que vivía a esa altura. Él no lo podía creer, su corazón latió más fuerte que nunca y empezó a bajar con más premura.

Al llegar a su pueblo, y tal como había deseado, la gente por fin empezó a hablarle. No tardó mucho en hacerse amigo de todos. Agricultores, geishas, pescadores, tenientes y hasta señores feudales, todos querían estar con él y conocerlo. Por fin era feliz, pero aún no había aprendido a sonreír.

Hizo grandes amigos, pero pasados dos semanas, quienes habían tenido contacto con Nakato, desarrollaban problemas respiratorios y caían en cama. Fuera a donde fuera, pasaba lo mismo. Cuando empezaba a tenerles cariño, caían en cama. Al darse cuenta de esto, recordó las palabras de Shen Long y comprendió que esta era su maldición, su desgracia. Por primera vez sintió algo más desagradable que la soledad: tristeza.

Nakato se había resignado a la amistad, y justo el día que volvía a su casa para aislarse de nuevo se encontró a Midori, una vecina que odiaba el contacto físico, totalmente sana. Por su forma de ser, ella nunca se acercaba a menos de 1 metro de la gente. Con ella había tenido decenas de platicas y luego de dos semanas, seguía bien. Esto era una luz para Nakato, pensó que podía seguir haciendo amigos, siempre que estuviera alejado a más de 1 metro de distancia de los demás.

Con más fe que temor, puso en práctica su teoría y funcionó. Empezó a conocer nueva gente, y tomando distancia ninguno enfermó. Al asegurarse de esto, regresó a su pueblo, al lado de sus amigos, y vio cómo uno a uno se recuperaban. Nakato sabía que acabar con la maldición no podía ser tan fácil, así que ideó un plan: para que la maldición no se propagara, les pidió a todos que siguieran su vida alejados al menos 1 metro de distancia entre sí, hasta que no quedara nadie en cama. Así lo hicieron por un tiempo hasta que no quedó nadie enfermo y finalmente pudieron retomar su amada rutina, algo que creían odiar pero que realmente extrañaban.

Cuando Nakato por fin pudo ver a todos sus nuevos amigos sanos, un arco se dibujó en su rostro, era su primer sonrisa, una sonrisa que reflejaba su felicidad y que representaba la victoria frente a la maldición. En ese momento entendió que para que existiera la felicidad, debía existir tristeza, y que para estar unidos, no hacía falta estar juntos; porque la amistad es más fuerte que la distancia.


Hoy, 3,000 años después, sabemos que lo que el dragón sopló sobre Nakato era la maldición del Coronavirus y gracias a Nakato conocemos una forma de vencerlo: mantener al menos 1 metro de distancia entre los que amamos. Además, sumado a la estrategia de Nakato, nuestros héroes actuales, los médicos, han descubierto nuevas formas de combatirlo como: lavándonos las manos con jabón y usando mascarilla. Ahora solo queda esperar a que alguien encuentre una cura, o bien, que otro vuelva a subir la montaña Wuhan, a pedirle un deseo a Shen Long.

De: Jonathan Alvarado. Dedicado a: mis sobrinos Peter y Tita, y mis abuelitos.

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