Quitapenas

Esta historia nace en Guatemala.

En lo más profundo del volcán de Acatenango, vivían 7 hermanitas; fruto del rocío de la mañana, hilos de algodón y semillas de maíz y de café. Estas hermanitas dormían de día y vivían de noche. Las llamaban las quitapenas.

Una mañana de marzo, después de una larga noche de trabajo, no podían dormir, algo las tenía inquietas. Las risas de los niños en las calles siempre habían sido como un arrullo para conciliar el sueño, pero ese día no se escuchaba nada más que un silencio absoluto. Esto era muy inusual, ni siquiera el viento soplaba. Así que acordaron aplazar su descanso y bajar a ver qué era lo que estaba pasando.

El pueblo parecía un lugar fantasma. No había carros en las calles, los vendedores de fruta y el olor a pan dulce habían desaparecido, las pelotas estaban solas en las aceras y los perros ya no tenían a quien ladrar. Era como si alguien hubiera pasado un borrador dejando solamente las casas y algún carro mal parqueado.

Un enemigo oculto acechaba, pero en un horario muy diferente al habitual. Los niños estaban todos en sus casas, algunos asomaban por las ventanas con curiosidad, pero con mucho respeto y cuidado, como si con solo mirar, algo malo les pudiera pasar.

Caminando por las calles encontraron una hoja de periódico volando que anunciaba la llegada del coronavirus. Desde las épocas del coco no habían visto enemigo igual. Al parecer se trataba de un monstruo verde y diminuto que casi con solo mirarlo, le podía llegar a hacer mucho daño a las personas.

Los días pasaban, las noticias eran cada vez más espantosas y las caras más tristes.

Las quitapenas, cuyo trabajo habitual es el de llevarse las penas y pesadillas de los niños, ya no daban abasto.

Era demasiado trabajo para solamente 7 pequeñas hermanitas. Tuvieron que duplicar su jornada; de día y de noche, no había tiempo para dormir. Eran muchas las preocupaciones que se debían llevar.

Caminando por el pueblo, se encontraron con Juanito; un niño de la calle que no tenía dónde dormir. Estaba con hambre y frío, pero sobretodo muy triste. Estar en la calle en estos días no era seguro. Pero así como Juanito, vieron que había muchos otros niños y ancianos en las mismas condiciones. Gente que más allá del riesgo que corrían,  estaban solos y sin nadie que les ayudara.

Mientras tanto en sus casas, los niños empezaban a vivir una nueva cotidianidad. Jugaban, veían la tele, comían, hacían tareas y así pasaban los días sin mayores contratiempos. Por supuesto, muchos estaban preocupados. No era para menos. Pero era momento de escoger. De decidir a quién ayudar. Las quitapenas no podían con todo a la vez. Los niños en sus casas con su familia, estaban protegidos. Sabían que el antídoto contra el enemigo era estar en casa, hacer caso a sus padres, comerse las frutas y verduras para mantenerse fuertes y sanos y eso si, lavarse las manos bien y con frecuencia.

Pero estos niños de las calles, esos abuelitos solos y desprotegidos, ellos sí que necesitaban ahora mismo ayuda, estaban en un verdadero peligro. Pero de nuevo, solo 7 hermanitas no iban a poder solucionar esta situación. Era necesario unir esfuerzos, que la gente empezara a ser consciente que del otro lado de sus ventanas, más allá de sus casas, había una realidad dura y que estaba en manos de todos cambiar.

Las quitapenas no sabían muy bien que hacer, pero después de mucho deliberar, llegaron a la conclusión que así como podían llevarse las penas de los niños, podían también llevarles pensamientos de reflexión. Era importante que se dieran cuenta de lo afortunados que eran por tener una casa, una familia, juguetes, una rica comida, salud, muchos mimos, en fin: un hogar. Pero que existían otras personas sin tanta suerte.

Esa noche se pusieron manos a la obra. Harían lo contrario a lo habitual. En vez de llevarse las penas de los niños, dejarían bajo sus almohadas un sueño en el que conocieran a estos niños y abuelitos abandonados. Las quitapenas sabían que los pequeños serían sus más fieles ayudantes. Nadie con mejor corazón que ellos para llevar a cabo esta empresa.

Al día siguiente los niños despertaron de un sueño profundo. Lo primero que hicieron al abrir los ojos, fue sonreír y dar gracias por ese techo bajo el cual habían podido dormir, por esa camita caliente, por su osito de peluche que los acompañaba en las noches, por poder abrazar cada mañana a sus papás, por sus juegos, sus comidas, los abrazos, en fin, por todo lo que tenían. No se veía un alma en la calle, pero se escuchaban voces y risas gritar -gracias- repetidas veces.

Sabían que el monstruo del coronavirus seguía rondando, pero se habían dado cuenta que había un monstruo aún peor que se llamaba indiferencia.

Rápidamente se pusieron en marcha. Empezaron a comunicarse entre ellos. Avioncitos de papel con mensajes volaban entre ventanas. Los adultos algo extrañados, notaban cosas raras pero buenas en casa: nada de rabietas, nada de no quiero comer, nada de no hago la tarea. Todos los niños hacían al pie de la letra lo que sus mayores les pedían y más.

Entraban a sus cuartos, juntaban montañas de juguetes, ropa, mantas, otros con algo de trabajo se subían a hurtadillas a las alacenas en las cocinas, o les pedían a sus mamás que les hornearan esos pasteles deliciosos que solo preparaban para los cumpleaños.

Las quitapenas estaban felices. Sabían que los niños iban a ayudar, pero no se imaginaban que sus expectativas iban a ser superadas.

Cuando ya estaba todo listo, los niños hablaron con sus papás. Les contaron todo lo que habían soñado, sobre la tristeza de esos pequeños y abuelos y como parte de ser felices era saber que estaban haciendo algo bueno por otra persona, porque hasta un mínimo gesto iba a ayudar a darle a la gente felicidad. -Con un día que logremos que alguien sea feliz, el mundo logrará ser un lugar mejor-. Todos los niños repetían lo mismo a sus mayores. El sueño estaba haciendo magia en los corazones de los niños y mejor aún, de sus padres.

Los adultos emocionados por el buen corazón de sus hijos, dejaron lo que tenían que hacer y se organizaron para ir, solo los justos, a llevar la ayuda a la calle, siempre con todas las precauciones del caso. No había nada mas importante ahora mismo.

Media hora después de que los adultos elegidos salieron a la calle, el sol empezó a brillar de una manera muy diferente. Los árboles bailaban, los pájaros cantaban, el viento entraba por las casas haciéndole cosquillas a los niños. Y de repente sintieron algo muy extraño en sus cuerpos, no sabían que era, pero se sentían radiantes, plenos, felices. Las cosas que antes les preocupaban empezaron a desaparecer.

No hay como darse cuenta de todo lo bueno que nos rodea. No hay cura más grande para las penas que el agradecimiento. Y saber que podemos hacer algo para los demás, por más pequeño que sea. Hoy era ayudar a otros, mañana y el resto de días de cuarentena: quedarse en casa, ser obedientes y lavarse muy bien las manos.

El coronavirus no se había ido, seguía escondido detrás de alguna pared, esperando que la gente saliera a la calle, pero los niños entendieron que en la vida siempre habrá monstruos, pero muchos de ellos pueden desaparecer si somos agradecidos, conscientes y nos unimos para hacer el bien.

De: Paula Barriga. Dedicado a: el niño interior de todos llevamos dentro para que nos enseñe simplemente a ser felices.

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